Jueves, 29 de Julio de 2010

Si no la recibimos, no
tenemos por qué pagar agua potable

Jalil Chalita Zarur

Usted tiene razón señor Presidente al hacer pública su preocupación por la violencia que impera en el país, convocando a la unión de la sociedad, y no sólo a los actores políticos, para combatir esta calamidad.
Las bandas criminales están cumpliendo con su intención de atemorizar a los ciudadanos encerrándonos en un callejón, y de ir avanzando, municipio tras municipio, con el propósito de crear estados fallidos. El lamentabilísimo asesinato del candidato del PRI al gobierno del estado de Tamaulipas es otro escalamiento sobre la ya deteriorada seguridad que ha permitido, entre otras cosas, el impune asesinato de presidentes municipales y el secuestro de un líder político ¿guerrilla involucrada? del más alto nivel. El dinero de la mafia corrompe sin piedad y sus garras han atrapado líderes políticos, sociales y empresariales. Pero no nos pueden corromper ni matar a todos los mexicanos; somos mucho más los que luchamos por dignificar a nuestra patria y hacer el esfuerzo para ser ejemplo para nuestros hijos.La principal misión del Estado es dar seguridad a los ciudadanos en sus personas y bienes; no obstante, el Estado mexicano ha estado lejos de cumplir con esta primerísima responsabilidad. Somos muchos los que estamos temerosos de transitar por las calles de las ciudades o por los caminos rurales ¡vaya! ni siquiera dentro de nuestras casas estamos tranquilos. Que los criminales pongan en riesgo nuestra libertad es una situación inaceptable y, precisamente por eso, señor Presidente, usted hace bien en convocar a la ciudadanía y a los actores políticos a que unamos fuerzas para que cada quien haga lo que le corresponda, y entre todos recuperemos nuestra tranquilidad.¿Será suficiente un acuerdo para combatir la violencia y el crimen organizado?Discúlpeme señor Presidente, pero México debemos sentirlo como es: un cuerpo enfermo al que le aquejan múltiples y graves dolencias, no sólo una. Uno de nuestros males es la falta de crecimiento económico, lo cual imposibilita la generación del millón de empleos anuales que exige nuestra creciente población ¿Dónde se refugian los desempleados? Otra grave enfermedad es la vergonzosa calidad de la educación que padecemos ¿Puede alguien que carece de una educación con calidad alcanzar una remuneración digna? Y de no alcanzarla, ¿donde se refugia? Un padecimiento adicional es la terrible impunidad que nos lacera -alrededor del 96% de los delitos quedan impunes- y cuya consecuencia es la corrupción que nos azota y el triunfo de la delincuencia. Desafortunadamente aquí no se detiene el diagnóstico, pues los partidos políticos se encuentran sumido en la lucha por el poder, calumniándose y descalificándose mutuamente, absortos en una guerra sucia sin fin que lesiona nuestra todavía inmadura democracia, y exalta a la partidocracia, una partidocracia que poco se preocupa del bien común.

 

 
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