Lunes, 5 Enero, 2009

Los misterios del discurso político

 

Rafael Cardona

Resignados, casi
siempre indefen
sos, sin ánimo para la queja, la protesta o el lamento, escuchamos día tras día los ciudadanos los larguísimos rosarios de sandeces de nuestros políticos y nunca imaginamos cómo hacen para reunir palabras sin sentido, frases huecas pero ampulosas, satisfechas con la magnífica elocuencia del vacío.
“Ni nos beneficia ni nos perjudica sino todo lo contrario”, dijo alguna vez Manuel Bernardo Aguirre, secretario de Agricultura y gobernador de Chihuahua en el siglo pasado, a quien se le achacaban inconclusos estudios en la escuela elemental, pero no fue menos sorprendente la advertencia de José López Portillo de quien se hablaban maravillas en materia cultural: “no podemos autosuicidarnos”.
Los partidos cambian pero nunca la oratoria huera y fofa. Es una especie de requisito.
Prometo no ofenderlo más con ninguna de las magníficas aportaciones al género hechas por el inmenso Vicente Fox, pues el año moribundo debería ser olvidado con una sonrisa y no con el amargo resabio de aceptarnos parte de un país cuya inocencia electoral produjo semejante batea de babas.
Nada más lea usted esto: En materia de seguridad, en materia de combate a la delincuencia organizada, sin duda los resultados son plenamente satisfactorios...
Eso dijo sin rubor ninguno el pesado Germán Martínez el pasado 26 de noviembre. Y lo de pesado no es calificativo de su personalidad sino una forma de resaltar su importante cargo, pues el presidente del partido en el gobierno es hombre de peso en el elenco nacional.
Pero qué tal esta otra extraída del comunicado de la Cumbre del muy subdesarrollado y latinoamericano Grupo de Río el pasado 16 de diciembre: “...reiteraron su compromiso con la integración de América Latina y el Caribe, con la construcción de posiciones concertadas y con la promoción de temas de interés común en las agendas de los organismos y foros internacionales, a fin de fortalecer la presencia y peso internacional de la región”.
Sin embargo la oratoria política nos ha regalado momentos esplendorosos a lo largo de la historia: Por ejemplo cuando Cicerón le dijo a Catilina: “...si ahora ordenara que te prendieran y mataran, creo que nadie me tachase de cruel y temo que los buenos ciudadanos me juzguen tardío...”
O aquella maravillosa pieza de Fidel Castro en su célebre defensa propia: “Condenadme, no importa; la historia me absolverá”.
Pero no todos los políticos tienen talento. Y aun cuando compren el ajeno, de escritores y guionistas, no siempre lo saben respetar y a veces ni siquiera interpretar. Todos quisieran decir en el momento adecuado algo así como Winston Churchill en su célebre discurso del 13 de mayo de 1940 cuando mostró sus manos vacías y dijo: “...no tengo nada más que ofrecer que sangre, lágrimas, esfuerzo y sudor”.

O repetir con la esperanza en el alma y el verbo la frase eterna de Martin Luther King: “Yo tengo un sueño. Que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero significado de su credo; creemos que todas estas verdades son evidentes, que todos los hombres hemos sido creados iguales”.

Pero los discursos, como otras muchas cosas en este mundo, plástico, virtual, cibernético y fugaz, son últimamente materia prefabricada. Mediante programas de cómputo se pueden hacer novelas, poemas, guiones de cine; telenovelas y canciones. También discursos políticos o arengas motivacionales para vendedores de cualquier cosa o jugadores de futbol.

Por eso hoy y en ocasión de esta fecha, les ofrezco a los lectores una tabla (obsequiada a esta columna por Roberto Calleja) en la cual se puede advertir —mediante el juego de las coordenadas—, cómo se hacen los discursos modernos. Usted lee cualquier frase de la primera columna, la combina sin orden alguno, al azar, con otra de la segunda y luego una más de la tercera y una final de la cuarta y ¡helas!, ya está usted hablando como George Bush o de perdida cualquiera de los miembros del gabinete presidencial.

Por ejemplo: “El afán de organización, pero sobre todo (1-i) nuestra actividad de información y propaganda (2-g) garantiza la participación de un grupo importante en la formación (3-e) de toda una serie de criterios ideológicamente sistematizados en un frente común de actuación regeneradora (4-n)”.

¿Otro ejemplo?


Aunque sí tiene quizá mucho que ver una desafortunada conjunción de todos esos factores, analistas y comentaristas están coincidiendo en un punto clave: la distorsión de la operación política, y, por supuesto, la omnipresente corrupción rampante y la lenidad o impunidad en el castigo de las transgresiones a la ley o a la civilidad.

Esto implica una falta de liderazgo, no de un líder o caudillo único, que sería desastroso, sino de la capacidad de conducir y marcar rumbos, con eficacia y honestidad, por parte de los dirigentes en varios sectores y niveles, públicos y privados, que no están a la altura de los retos que enfrenta el país.

Por ejemplo, debería ser evidente que las obras públicas y la función de gobernar han de ser calificados por los ciudadanos con base en su propio mérito, en los beneficios que aportan a la comunidad, en la eficiencia con que cubren necesidades sociales. Pero no, toda la clase política, federal, estatal, municipal, del Legislativo, del Judicial, está en una carrera desenfrenada por hacer propaganda personal o de los equipos de gobierno en funciones, disfrazada de difusión de la obra gubernamental o de asistencia social, todo ello con gasto de enormes sumas del presupuesto público. Me vuelvo a preguntar, ¿por qué publicitar la obra pública?, ¿por qué gastar miles de millones de pesos en propaganda política o de gobierno cuando es perfectamente aplicable la cita bíblica “por sus hechos los conoceréis”?

Luego, está el uso discrecional, sin transparencia y alejado del bien común de los fondos públicos, no tan sólo en festejos, regalos y felicitaciones de fin de año, o esquelas en los medios para lamentar con sombrero ajeno la muerte de alguien, sino en las obras públicas dispendiosas, muchas veces canalizadas indebidamente a los grandes desarrolladores, en las adquisiciones de equipos suntuarios (como aeronaves, “no vamos a viajar en aviones de línea”), licitaciones dirigidas, “donaciones” de millones de pesos a obras pías, en contravención flagrante a la laicidad del Estado, las “donaciones” o “trueques” de espacios públicos. El dispendio, la discrecionalidad y la falta de transparencia, con los que grupos cerrados en los partidos políticos o en algunos sindicatos usan el financiamiento público son ya tradicionales.

La inseguridad es la falla más evidente por el momento, que se va a combinar, en un coctel que puede ser explosivo, con la depresión económica mundial. ¿Qué hacer? Insistir en la denuncia de las lacras y vicios, públicos y privados, que atosigan a la sociedad mexicana, exigir a nuestros gobernantes o representantes el cumplimiento escrupuloso de sus encargos y que hagan valer firmemente el acatamiento de la ley y las reglas de convivencia social, en especial a los grandes grupos oligopólicos empresariales.

México es un gran país y no un Estado fallido y tenemos que hacer valer esa condición. Sería inconsecuente ser una gran nación si no lográramos resolver positivamente la complejidad de la situación política interna, o que no pudiésemos enfrentar las radicales mudanzas de la escena internacional o la crisis económica que con fuerza inusitada se nos está presentando, o que se produjese un deterioro irreversible en el medio ambiente y los recursos naturales con que cuenta el país, o si el poder desatado del crimen, organizado o no, nos mantuviera en la inseguridad. Por ningún motivo debemos permitir el llegar a esos extremos.

 

 

 


 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 
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